Y cómo huir cuando no quedan
islas para naufragar
Joaquín Sabina
Ya no quedan islas en el mar,
sólo túmulos de arena
donde las gaviotas se apretujan
antes de emigrar tierra adentro.
Porque ya no quedan islas
para las gaviotas,
se hundieron con los últimos náufragos
que consiguieron escaparse
de los cruceros a las plataformas
de alumbrado intermitente,
antiguas sedes petrolíferas
que vomitaron en el mar.
Se hundieron las islas
bajo las mareas negras
y sólo quedan las rocas
puntiagudas,
masas de carne disecada
al sol de los naufragios,
donde se erigen, a veces,
espumosos faros tuertos
que apenas guiñan a los barcos
su invitación al desguace
contra sus entrañas nocturnas.
Ya lo sabes:
el mar está en liquidación
por fin de existencias.
Así que, apretújate,
bien fuerte,
contra tus semejantes adyacentes
al borde de la frontera,
bien provista de toallas,
sombrillas y protecciones
contra la ira del sol.
O huye con las gaviotas
a los montículos de los vertederos
más parecidos a tus islas,
las que nunca alcanzaste.
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