lunes, 5 de octubre de 2015

SALOMÉ, MADRE DE SAN JUAN


Cuando Herodes preguntó

su deseo,

Salomé recordaba sobre su piel

una ráfaga de rizos menudos

que el ángel olvidó anunciar.

Sí le advirtió

que nunca más sería suyo,

que exhalase los perfumes

de su corazón recién enjuagado,

que apretase su manita

contra su pecho

para que regalara el suyo

por única vez,

que protegiera sus párpados

con unas manos aún fértiles

a la fragilidad.


Y que guardase el espejismo

de su peso tierno abandonado

a su blandura,

el pozo de sus sueños

fluyendo por corrientes subterráneas

que ella sabía conducir

hacia las praderas.

El ángel le advirtió

que aquel sería

su único instante

de virgen inverosímil

en brazos de un niño ajeno.


Salomé acariciaba

noche tras noche

esos rizos menudos

sobre las bocas pestilentes

del resto de los hombres,

los que la depredaban


noche tras noche


seca


sedienta


sin pechos maternos que no le hubiesen vaciado.


Cuando Herodes preguntó

a Salomé

su deseo

nadie se detuvo en sus manos.

Enseguida se le oyó decir:


"¡Quiero su cabeza!"

Astrografía para los niños perdidos, 2014


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