Cuando Herodes preguntó
su deseo,
Salomé recordaba sobre su piel
una ráfaga de rizos menudos
que el ángel olvidó anunciar.
Sí le advirtió
que nunca más sería suyo,
que exhalase los perfumes
de su corazón recién enjuagado,
que apretase su manita
contra su pecho
para que regalara el suyo
por única vez,
que protegiera sus párpados
con unas manos aún fértiles
a la fragilidad.
Y que guardase el espejismo
de su peso tierno abandonado
a su blandura,
el pozo de sus sueños
fluyendo por corrientes subterráneas
que ella sabía conducir
hacia las praderas.
El ángel le advirtió
que aquel sería
su único instante
de virgen inverosímil
en brazos de un niño ajeno.
Salomé acariciaba
noche tras noche
esos rizos menudos
sobre las bocas pestilentes
del resto de los hombres,
los que la depredaban
noche tras noche
seca
sedienta
sin pechos maternos que no le hubiesen
vaciado.
Cuando Herodes preguntó
a Salomé
su deseo
nadie se detuvo en sus manos.
Enseguida se le oyó decir:
"¡Quiero su cabeza!"
Astrografía para los niños perdidos, 2014
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