Un adiós degollando los resquicios
de la tarde.
El reloj de la madriguera ha vuelto
a detonar su alarma.
Tú estabas a punto de descubrir
el mecanismo que te hiciera comprender
la razón del artificio humano.
Por qué existen coches que se mueven
solos
y en cambio puertas que no se abren
nunca,
cerrojos infranqueables,
sin galletas que te vuelvan mayor,
de repente,
para poderlos alcanzar.
Por qué los despertadores se usan
para desaparecer por las madrigueras
dejándote a ti con las piezas
desordenadas entre tus manos,
con el principio y el final
extraviados bajo el
resoplido negro de la rendija.
¿Y quién te va a ayudar?
¿Quién va a tender la mano por ti,
atravesar ese hueco por ti
del que nos salvan todos los
despertadores
en cada una de nuestras madrigueras?
Si tú pudieras ver, niño,
que tu vida, como todos,
discurrirá con las piezas entre tus
manos,
aunque ya alcances el cerrojo
y puedas escaparte
con tu despertador y tu madriguera,
excepto aquellas que se quedaron
en la rendija
y que no volverás a encontrar...
Si tú pudieras verlo, niño,
tal vez desecharas las galletas
de las ganas de crecer.
Y ahora,
ahora que tienes la medida exacta,
quizá desaparecieras por la ranura
y ya no te haga falta mi ayuda para
buscar
las piezas que te faltan.
Astrografía para los niños perdidos.